Cuentos para mí y para vos

voy a escribir aquí los cuentos que voy ideando

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  • Tuve un zueño con Z, con Z de Zamba, Zamba de acá y Samba pa tí

    Una pareja crea una escuela de música en un barrio de Buenos Aires, pongamos San Telmo… La escuela va creciendo, muchos inscriptos, muchos días de clase y llega la muestra de su arte a fin de año. Salen a la calle a tocar… el piano con rueditas lo empujan dos compañeros y la pianista va tocando con alguien que empuja la silla con rueditas de la pianista sentadita tocando las teclas, ja ja y ¿no se cae? No se cae… Hay una trompeta que ejecuta un chico muy flaco y alto, cada instrumento tiene su tocador… un bombo con platillo lo toca una gordita muy sexi, un redoblante suena de la mano de une peticite no binarie y así… La banda se expresa en una calle angosta y las paredes retumba el sonido festivo, alegre, provocativo. La gente acompaña bailando, gritando, disfrutando. El director sonríe y mueve su barita con intención rítmica, por momentos cede su puesto a la directora que también toca el saxo. Cuando dirige mueve el saxo para todos lados, hay un vientito muy chiquito que si estas cerca lo podés escuchar. Sí… sale del saxo. El saxo habla desde su viento y el viento sopla y sopla y sopla por las calles de Buenos Aires. Tal vez por eso se llame así, el buen aire que hace música en los vientos, en el piano, en la percusión y en las voces…

    Cuando se mezclan los ritmos se mezcla la gente pero dentro de esa gente alguien desentona porque viste totalmente de negro con cadenas y piercings. (¡Apareció la Panqui fugitiva! Que viene de mi otro cuento) La chica no se divierte como los otros…

    ¡Oh! alguien del grupo de músicos está desafinando… ¡Ah! es la violinista… ¡Qué problema!… ¿Cómo le decimos? Ella no se autopercive desentonada…

    La pianista que a su vez es farmacéutica inventó una pastilla para armonizar la zona del cerebro que produce disritmia musical, ¡vamos con estas pastillitas!… Tienen forma de confites, hay que darle una dosis y ver cómo resulta ¿Quién la convida?… Yo dice el Flaco o sea el trompetista. Con un gesto seductor muestras dos pastillas en su mano una roja y otra azul “tomate las dos” le dice a la violinista. Ella lo mira desde abajo porque es muy pequeña y obedece. Toma su violín y lo ejecuta, unos sonidos extraños son captados por la chica de negro quecomienza a moverse junto a la violinista y entre las dos serpentean sorprendiendo al público y a los músicos que perciben que una nueva melodía surge en este momento ¡Es el cambio acuariano que estábamos esperando! Piensa la bombista y hace sonar los platillos…  Un público joven maravillando sabe escuchar el rapeo sonoro…

    OooooHHHH! Mucha gente no reconoce el nuevo arte sonoro…

    De repente surge una grieta en la calle, entre los adoquines se abre un bache enorme, una rajadura que toma el largo de la calle, de un lado los que bailan con la panqui de negro del otro los que escuchan sin entender como paralizados…

    Un sonido espectral surge desde abajo, son gritos ahogados, tambores difusos, lejanos. Viene del pasado. Un pasado colonial aberrante, sangriento. La grieta va tomando sentido histórico.

    ¡Son los ancestros que nos están mensajeando¡ Grita una morocha afro. ¡Bailemos con ellos¡ Grita otro muchacho conmocionado.

    El sonido desde abajo de la grieta va creciendo, hay gente que huye de ahí, tienen miedo. Es el pasado que en enroscado en su cinta de moebius reaparece.

    Ahora es la violinista quien dirige la banda musical, tos tonos son más agudos y más graves, el ritmo se acelera y el impacto emocional es de una intensidad conmovedora.

    Presente, Pasado y Futuro confluyen en una sinfonía instrumental y corporal. Bailar la vida en todas sus dimensiones.

  • Un Barba Azul en mi familia

    Yo nací en dictadura. Tanto mi padre como el marido de mi abuela se tuvieron que exiliar en otro país “porque si no los mataban los militares”, me contó mi abuela cuando yo tenía tres años y pregunté por ellos. Después ella fue hacia un cajón de su mesita de luz y me mostró la última foto familiar antes de que ellos partieran. Yo en esa foto todavía estaba en la panza de mi mamá. Miré la foto y la miré a ella. Entonces agregó “esos fachos de mierda que ahora están en el poder no nos van a dejan en paz”. Me sacó la foto de mi mano y la volvió a guardar en el cajón.

    Nosotras tres, mi mamá, mi abuela y yo, nos relacionamos con muy poca gente, una de las razones se puede explicar por la prohibición del gobierno de que la gente se reúna. “No más de tres o cuatro personas” dice el edicto. Pero también sospecho yo, recordando comentarios de mi abuela, que nuestra familia “está marcada”, por haber participado en política. Parece que muchos conocidos se alejaron de nosotras.

    La única que nos visita seguido es mi madrina. La quiero mucho a mi madrina. Me encanta charlar con ella. A veces viene a cuidarme cuando mamá y la abuela tienen que salir. Mi madrina me cuenta muchas cosas que mi mamá y mi abuela no me dicen porque creen que me protegen de esa manera, pero me parece que están equivocadas.

    Elsa, mi madrina, me relata cosas muy curiosas, cosas que pasaban cuando ella era chica como yo soy ahora.

    -Todo era ¡tan distinto! – me dice

    Cuando Elsa tenía mis años era la época del primer peronismo ella era muy chiquita pero tiene recuerdos muy divertidos. Una de las historias que más me gusta escuchar es “la de las reuniones familiares”.

    Elsa me repite que una de las cosas que más le aburría, era ir de visita con su madre y su padre a la casa de los tíos. Al parecer en aquella época eran muchos los parientes y todos tenían la costumbre de reunirse con frecuencia. Cosa rara ahora, pero en ese entonces llegaban a ser más de veinte o treinta reunidos alrededor de una mesa. Ella dice que las familias tenían casi como una obligación verse seguido. Todas las semanas había que ir a la casa de algún pariente y la actividad central era sentarse a la mesa a comer. Comer tenía el valor de un festejo.

    -Después de engullir tanto, quedábamos todos rechonchos – comenta y se toca la panza. Yo me río porque me los imagino todos como chanchitos y chanchotes muy panzones.

    Las excusas para reunirse y sentarse a comer eran muchas. Un cumpleaños, un aniversario, las fechas patrias, las religiosas, los bautismos, las comuniones, las confirmaciones, los casamientos, los velorios o cualquier otra cosa que apareciera.

    Ella piensa que la causa imperiosa para encontrarse a comer se debía a que todos esos adultos, gente grande, por los años treinta habían pasado “mucha hambruna”. Cuando Elsa llega a este momento del relato, se pone muy seria y pensativa. Luego retoma la palabra y me explica que las causas del hambre, según ella, habían irrumpido por distintos motivos. El más contundente y repetitivo se debía a las crisis económicas, que en un país “dependiente” como la Argentina… y aclara como voz más fuerte y enojada, ¡con esos gobiernos de turno, chupamedias de los ingleses y de los yanquis!, lo primero que hacen es decretar despidos masivos. A muchos de sus tíos, ella los había escuchado quejarse de cómo los habían echado del trabajo de un día para el otro, quedándose sin un mango y por varios años sin poder hacer nada.

    Después de tomar mucho vino y muchas confesiones, Elsa me mira como resignada y sigue comentando que se quedaban todos en silencio, se llenaba de tristeza el ambiente, me dice, pero alguno de ellos se animaba y retomaba la charla cambiando de tema.

    El hecho de juntarse a comer supone ella, era una manera de expulsar las malas épocas y recordarlas como los peores tiempos pasados. Así se superaba lo peor de lo vivido y se daban el placer de disfrutar de una buena comida y hacer una extensa protesta colectiva. Acto seguido, dice ella, se ponían a contar chistes o a cargarse entre ellos. Aunque no siempre las charlas eran amistosas. Cuando discutían de política, “se pudría todo”, algunos querían agarrarse a trompadas, otros se retiraban a fumar al patio embroncados, otros se iban directamente… las mujeres generalmente indignadas, opinaban que no era para tanto y seguían conversando de sus cosas.

    A mí me gusta escuchar los relatos de mi madrina porque me imagino las escenas, los personajes, los lugares, las cosas que se decían… Era casi más divertido que jugar con mis títeres.

    Elsa trabaja como maestra en una escuela primaria y cuando viene a visitarnos, con su guardapolvo blanco en la mano, siempre me trae regalos. Generalmente son libros de cuentos, pero también me regala lápices de colores y cuadernos con hojas blancas para dibujar.

    Ahora hace un tiempo que no viene… Yo le pregunto a la abuela o a mamá qué le pasa a la madrina… pero ellas ponen cara seria y no me dicen nada o a veces ante mi insistencia afirman que como ella es hija única y soltera, tiene que cuidar a sus padres que ya están grandes y llenos de achaques.

    Como yo soy muy curiosa sé “parar la oreja” y escuchar sus conversaciones sin que se den cuentan. Un día escucho decir a mi abuela que los padres de Elsa han muerto, “en menos de tres meses se fueron los dos” comenta.

    Al poco tiempo escucho otra frase que me inquieta mucho, la abuela repite y repite “ese tipo es un degenerado, lo único que le interesa es la plata y es capaz de hacer cualquier cosa…”

    -¿Quién es “ese tipo”? –me pregunto

    En una visita sorpresa del tío Manolo, me doy cuenta que mi abuela lo mira mal, con furia contenida…

    -¿Será ese “ese tipo”? – pienso

    Hablan fuerte, discuten y el tío Manolo se levanta y se va… Entonces mi madre le comenta a mi abuela

    -Vino porque tiene cola de paja, sabe que no nos tragamos sus mentiras.

    ¡Confirmado! Ese es “el mal tipo de la familia”. Ahora me falta averiguar si ese “mal tipo” tiene algo que ver con la ausencia de mi madrina.

    Yo ante ellas hago que estoy con el cuaderno de los deberes o que estoy jugando, pero “sigo parando la oreja” para no perderme nada. Oigo que suena el teléfono y atiende mamá. Ella escucha algo a través del tubo, lo suelta y se pone a llorar, a gritar, a insultar… mi abuela corre a su lado y la abraza, mi madre le dice entrecortada “Rosita está muerta… se suicidó… tomó veneno para las ratas”. Rosita es la tía soltera que vive con su hermana Ester, la mujer del tío Manolo.

    Se encierran en la habitación para hablar entre ellas dos, pero yo me quedo escuchando detrás de la puerta. Mi abuela protesta “este tipo es un mal nacido, la persiguió, le llenó la cabeza contra Rufino, hasta que logró que lo dejara”

    Rufino es el novio de Rosita… las veces que yo los vi a los dos juntos se los veía muy felices, muy cariñosos.

    No entiendo nada, ¿por qué Rosita deja a Rufino si lo quiere? ¿Por qué se mata?

    Mi mamá sale de pronto de la habitación secándose las lágrimas con un pañuelo y me dice:

    -Tengo que prepararte la leche, ¿Querés pan con manteca?

    – ¿Qué pasa mamá?, ¿qué le pasó a la tía Rosita?

    -Vos sos muy chiquita, no entendés de estas cosas…

    Pero mi mamá se equivoca, yo entiendo. Sé que en la familia hay un “mal tipo”, un degenerado al que solo le interesa la plata y que vive “de arriba” en la casa de Ester y Rosita y que les saca el dinero que ellas ganan trabajando en la fábrica. Eso me lo confesó Rosita una vez mientras viajábamos en el tren yendo a la casa de otra tía. Ahora me falta averiguar qué pasa con mi madrina.

    El otro día llega Goyo a nuestra casa también de sorpresa. Goyo es el hijo de Ester y Manolo. Viene a avisarnos que mi madrina, Elsa, está muy enferma y que Manolo la está cuidando, pero como los remedios son muy caros les pregunta a mi mamá y a mi abuela si pueden colaborar con algo de dinero.

    Mi abuela da un golpe en la mesa, se pone de pie y toma la palabra.

    -De ninguna manera vamos a poner un peso, primero porque no tenemos y segundo… decile al vago de tu padre que trabaje él y se deje de “vivirlas” a las mujeres, que deje de robarles el dinero que ganan con tanto esfuerzo.

    -Pero papá trata de trabajar, lo que pasa es que le salen mal los negocios…

    -Por eso te manda a trabajar a vos que todavía sos menor de edad y tendrías que estar estudiando en el secundario…

    -Pero a mí no me gusta estudiar…

    -Eso te lo hizo creer él porque siempre te trató de tonto…

    Goyo se pone rojo como un tomate, se levanta y se va sin saludar.

    Mi madre y mi abuela se vuelven a encerrar en la habitación y me dejan sola en el Comedor. Esta vez hablan en vos muy baja y no puedo escuchar nada, solo los sollozos de mi mamá y la voz de mi abuela que parece consolarla.

    A la tarde llama por teléfono la tía Ester para avisarnos que Elsa, mi madrina, ha muerto y como Manolo la estaba cuidado, Elsa en agradecimiento le ha dejado todas sus propiedades a él.

    Mi madre indignada corta la comunicación. Pero al rato hay otro llamado y esta vez atiende mi abuela, entonces Ester le pasa la dirección del lugar dónde van a hacer el velatorio. Yo les digo llorando que no quiero ver a mi madrina muerta que la quiero ver con vida.

    Ellas se miran sin saber qué decir… luego mamá me propone que dibuje algo con los lápices de colores que me regaló Elsa, que haga un dibujo en su memoria.

    Como siempre se encierran a hablar entre ellas en la habitación.

    Yo me quedo en la mesa del comedor y dibujo. A Elsa la hago sonriente, con su pelo ondulado, con su delantal de maestra y sus zapatos marrones, tiene un libro en la mano. Yo me dibujo con los brazos abiertos para recibir el libro, con mis ojos muy grandes, porque quiero ver si es el libro de cuentos que ella me prometió. Uno fácil para que yo lo pueda leer solita.

    Mi abuela decide ir al velorio y hablar con Manolo. Le pide que le entregue unos libros que Elsa me iba a dar. Como a él las cosas que no tienen valor monetario no le interesan llega a casa con un paquete de libros. Mi abuela en agradecimiento le regala un pastel. Parece que ese pastel está tan rico que se lo devora el solo y se descompone tanto, tanto, que tienen que internarlo. En el hospital hacen lo que pueden para salvarlo, pero según mi abuela parece que va a quedar tan estropeado que ya no va a joder más a ninguna mujer. Chau, chau, lobo astuto gritamos las tres.

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  • Ese viernes vi caer a Barbie desde mi ventana

    Por Ana Rubiolo

    Ese viernes vi caer a Barbie desde mi ventana. Miré hacia abajo y me impactó la escena, la muñeca se había estrolado sobre el techo del primer piso, toda despatarrada, tatuada en negro, su ropa hecha girones, los pelos desplumados, volví mi mirada hacia arriba y una mano desde la terraza arrojó una rosa roja que cayó junto a la muñeca.

    ¿Qué está pasando, me pregunté? ¡Es una advertencia! Hay un femicidio cada 23 horas en este país. Me llamo Bárbara, pero mis amigas me dicen Barbi. ¿Esta amenaza es para mí?

    No. Imposible. Yo no tengo nada de hegemónica. Soy gordita, morochita, pelo corto y uso anteojos, me gustan las chicas, nada que ver con la estética de las Barbies.

    Pero… ¿Alguien querrá hacerme daño?

    Desde el viernes ese, no dejo de pensar, pensar y pensar… Hace tiempo que vivo sola en este edificio, conozco poco a los vecinos, soy lo que se dice “antisocial”.

    Tampoco me llevo bien con el encargado porque tiene un perfil de servicio de inteligencia rebajado a portero y mira con ojos libidinosos a mis amigas… Ya lo tuve que frenar varias veces porque es de tocar donde no debe… Pero ese tipo es muy básico, me acuchillaría por la espalda sin ningún problema, no andaría montando escenitas.

    ¿Qué otros enemigos tengo? Ya lo dije soy antisocial ni fu ni fa con la gente.

    El viernes de la semana siguiente invité a mi amiga Leonor a mi depto porque sospeché que algo pasaría y pasó. Al atardecer de ese viernes volvió a caer otra Barbie sobre el techo del primer piso, pero esta vez alertada le pedí a mi amiga que subiera a la terraza, yo me asomé y volví a ver la mano arrojando la rosa, mi amiga ya estaría arriba.

    Cuando bajó me dijo que vio correr a alguien de negro por el techo y saltar al otro edificio, parecía una mujer, aunque la divisó de lejos, con la ropa suelta flameando al viento, no podía asegurar nada.

    Si saltó por los techos tal vez no sea de este edificio, pensé. ¿Una mujer? ¿Qué mujer podría amenazarme? Siempre y cuando la destinataria fuera yo, Bárbara Tonetti.

    La repetición del acto me despertaba más interrogantes, ¿era un ritual? ¿De algo por venir o de algo pasado?

    Me preparé mejor para el siguiente viernes… invité a tres amigas, son todas las que tengo.

    Esperamos el atardecer, dos de ellas, Mecha y Luli, ya estaban escondidas en la terraza. Observaron el despliegue de esta panqui y la filmaron. Yo, desde mi balcón vi su mano y cómo soltó la Barbie, sentí el ruido que retumbó sobre el techo, pero mi mirada seguía atenta a lo que pasaba arriba. En el momento que arrojó la rosa ya estaban mis dos amigas cerrándole el paso.

    Subí por el ascensor a la terraza, me temblaban las piernas, temblaba toda. ¿Quién sería esta chica? ¿Su amenaza era hacia mí?

    Mis amigas la sostenían de los brazos, pero la panqui daba terribles patadas, ya se estaba por liberar cuando me vio llegar… dijo algo incoherente que no entendimos, escupió, mordió se deshizo de mis amigas y escapó saltando por los techos.

    Bajamos a mi depto a ver la filmación. El zoom mostraba una muchacha con la cara toda tatuada y llena de piercings, ropa negra que le cubría todo el cuerpo, cadenas, borcegos.

    ¿Qué tenía que ver conmigo? Mis amigas decían que tal vez era una lunática, una loquilla que hacía eso para llamar la atención y nada más.

    No me cerraba… Leonor que se había quedado en el depto fue a tocarle el timbre a la vecina del primero. Me contó que la vecina tenía expuestas las dos Barbies en una repisa y que pronto iban a ser tres…con un escobillón estaba rescatando la tercera víctima, no le preocupaba el sentido del ritual, solo estaba indignada por recibir esos regalitos todos los viernes.

    – ¿Algún mensaje en los cuerpos? Pregunté. Ya me sentía parte de una serie de suspenso investigando a las víctimas. Víctimas muñecas, era patético.

    – No –  respondió Leonor – no eran tatuajes sino más bien manchones, cruces, rasgaduras.

    Leonor, la escorpiana del grupo seguía maquinando… alguna conexión debe haber, los locos tienen su propia lógica al actuar, aunque sea un delirio para nosotras… ¿Podría ser alguien de tu familia?

    -Leo, vos sabés que soy adoptada, hay muchos datos que se han perdido.

    -Más a favor, esta desconocida está relacionada con tu pasado.

    Mecha y Luli la miraron fijo y también se quedaron pensativas.

    Esa noche soñé que me encontraba en la terraza con la panqui y me decía algo como “animamá”, “animaná”. Al despertar lo anoté en mi cuaderno.

    Animaná, me sonaba, lo busqué en Internet. Figura como un pueblo en Salta, en el Norte de Argentina. La llamé a Leonor y le propuse viajar a ese lugar. Leonor aceptó.

    Desde que murió mi madre adoptiva me quedé sin familia y nunca quise averiguar sobre mi madre biológica. Sólo sabía que era del norte y que había muerto en el parto y con eso era demasiado para mí. No tenía interés de saber nada más. Carmen, mi madre adoptiva tampoco me estimuló para que investigara sobre mis orígenes. Pero cuando Leonor preguntó por mi familia algo me devolvió la curiosidad.

    Viajamos en micro no sé cuántas horas, ya se me habían ido las ganas de saber, pero Leonor se mantenía firme, decidida.

    Apenas bajamos del micro Leonor propone:

    -Vamos a la Municipalidad, ahí debe haber información…

    -¿Información de qué?

    -De tu familia de origen.

    Leonor siempre me sorprende… Lo de la muni no lo había ni pensado.

    Yo estaba totalmente aturdida, recién arribada, deambulando en medio de un pueblito perdido en la montaña. Leonor entró decidida a un edificio colonial y yo detrás de ella. Se dirigió directamente a hablar con una señora que con una sonrisa dibujada intentaba seguir sus razonamientos incomprensibles. Desde su insistencia y probablemente por cansancio la señora le escribe algo en un papel.

    -Vamos al Registro Civil – me ordena Leo

    -¿No sería bueno desayunar antes?

    -Tomaremos algo de camino…

    Como el Registro estaba muy cerca no desayunamos. Leo entró con su paso firme, le mostró el papel a la empleada del lugar y ésta le entrega unos libros de registros donde ella buscaba fechas, nombres.

    -Aquí hay una Bárbara cerca de la fecha de tu cumpleaños… ¿Me dijiste que tu nombre ya venía cuando te adoptaron?

    -Sí, creo que sí…

    -La persona que la anotó se llama Rosa Funes… ¿Te suena?

    -No, no me suena.

    Leo sigue buscando. Le pregunta algo a la empleada. Leo anota.

    -Hay una familia Funes cerca de aquí, Vamos.

    -¿Te parece? ¿Y si desayunamos primero?

    -Tomaremos algo de paso.

    Conseguimos un café con galletitas y seguimos camino en busca del lugar.

    Leo llamó a la puerta… Una chica muy, pero muy parecida a mí, pero con el pelo largo nos saludó. Yo me quedé impactada, parecíamos mellizas… ¿Éramos mellizas? Leo contuvo su sorpresa y preguntó por Rosa Funes. La chica le responde.

    -Sí, es mi abuela, esperen aquí que le digo que la están buscando…

    Antes de darse la vuelta, la chica se quedó mirándome unos instantes y me preguntó

    -¿Sos de la familia?

    -No lo sé…

    -Te parecés mucho…

    -Sí, ya lo veo…

    Entonces aparece una mujer mayor y al verme tambalea, la chica la sostiene del brazo.

    -Sabía que esto me iba a pasar – dice la señora sofocada – Pasen, me tengo que sentar…

    Pasamos a una cocinita y nos sentamos alrededor de una mesa.

    -¿Toman mate? – preguntó la señora mientras chupaba de la bombilla.

    -No gracias –contestó Leonor – venimos porque Bárbara tuvo un sueño…

    -¡Ah! Te llegó el mensaje.

    -¿Usted me envió un mensaje? – pregunté

    -Hace tiempo que quería saber de vos.

    -¿Quién soy yo para usted?

    -Sos mi nieta perdida – dice la señora y se pone a llorar…

    -¿Cómo perdida? – pregunté yo

    -Cuando mi hija las tuvo a A y B, así las llamaba la enfermera, no las pudimos tener en  brazos, esa mujer se las llevó a otra sala para que las revisaran, mi hija estaba muy débil, le falló el corazón y a las pocas horas murió. Cuando la enfermera volvió sólo vino con A, dijo que B  también había muerto. Yo no le creí porque a B la vi muy gordita y saludable, pero por más que insistí en volverte a ver, no me dejaron. Había rumores del robo de bebés y yo siempre tuve la esperanza de que estuvieras viva en alguna parte. Por eso te anoté como Bárbara en el registro Civil.

    -No me siento bien – dije. Se me nubló la vista, sentí un frio helado en todo el cuerpo, y el corazón me palpitaba con una intensidad descomunal – Creo que me voy a desmayar…

    -Venimos viajando muchas horas desde Buenos Aires y no paramos en ningún hospedaje, tal vez sea mejor que nos vayamos y volvamos más tarde – aclaró Leo.

    -Yo trabajo en la cocina de una hostería, las puedo llevar – dijo A, o sea Amanda.

    Leo me atajó de caerme al piso y entre las dos chicas me fueron sosteniendo hasta la puerta, me di vuelta y vi a la abuela que seguía sentada con su mate en un mano y con la otra se secaba las lágrimas con un pañuelo. La hubiese abrazado, pero no me daban las fuerzas.

    En la Hostería nos quedamos en una habitación solas las dos, Leo y yo.  Me hundí en una cama, no me podía mover, me dolía todo el cuerpo y Leo seguía con su teoría de que la loca de la terraza había recibido el mensaje y lo había transmitido de una manera poco clara pero que igual me había llegado…

    -Pará un poco Leo con tus teorías soy más básica que vos, solo estudié para técnica en computación, no te puedo seguir… Ya bastantes preguntas tengo dándome vueltas…

    -¿Qué preguntas?

    -Si mi madre adoptiva sabía algo de todo esto… ¿Con quién me crie todos estos años?

    ¿Por qué nunca quise saber más? ¿Era algo mío o era inducido el que no preguntara? Se me parte la cabeza… ¿Qué vida hubiese tenido? ¿quién sería yo si esto no hubiese pasado?

    -Lo importante es que llegamos acá y sabemos algo de lo que te pasó.

    -Algo… y lo que me asusta es que habrá más…

    -Descansá un rato, yo voy a dar una vuelta.

    -No, no te vayas, quédate conmigo.

    -Bueno.

    Leo se quedó a mi lado, pero yo no podía dormir, todo me daba vueltas, estaba temblando. Entonces me dijo:

    -Me parece que sé que es lo que te hace falta, ya vengo…

    Al rato aparece con un par de samguches de jamón y dos birras.

    -La gente de Tauro necesita materia para procesar lo sutil…

    -¡Gracias Leo! – tenía razón, al ver “la materia” como dice ella me empecé a sentir mejor.

    -Después de este gustito tenemos que volver a la casa de las Funes, no podemos dejar en banda a esa señora con todo lo que le pasó.

    Volvimos a llamar a la puerta y esta vez nos abrió la abuela, mi abuela. Nos dijo que Amanda estaba trabajando en la hostería, que nos sentáramos con ella a tomar unos mates. Ahí en la cocinita yo le pregunté si teníamos más familia.

    -Sí, mi hermana está en Cafayate con sus hijos y sus nietos, pero yo me quedé acá por si volvías…

    Ahí me levanté y de un salto la abracé fuerte, fue la primera vez que sentí el verdadero calor de madre. Yo sé que me falta mucho por saber, que tengo mucho para procesar, pero como dice Leo por “algo” hay que empezar y si ese “algo” es encontrar una abuela que me hace sentir tan querida y esperada y una hermana melliza por conocer, tendré que agradecerle a la panqui su ritual y su locura.